Un árbol emerge desde la roca, aferrado al borde del abismo. Sus raíces no se ven, pero se presienten en la tensión del tronco y en la obstinación de su crecimiento. La escena no habla de fragilidad, sino de resistencia: de la capacidad de permanecer incluso cuando el terreno parece insuficiente.
El paisaje se eleva vertical, obligando la mirada a ascender junto al árbol. El cielo abierto y luminoso contrasta con la dureza del peñasco, creando una composición donde la vida se impone sin estridencia, con serenidad y firmeza. Cada pincelada construye un equilibrio entre fuerza y delicadeza.
Raíces es una metáfora del arraigo y la pertenencia. Una reflexión sobre crecer desde lo difícil, sostenerse en lo esencial y encontrar, aun en el borde, un lugar para florecer.