Esta obra es una escena suspendida entre dos mundos. Un espacio interior, casi desnudo, se abre como un umbral hacia el mar infinito. En el centro, un caballo cargado, acompañado por dos hombres, parece listo para cruzar no solo un paisaje, sino una frontera invisible: la del origen y el destino, la de la partida y la esperanza.
El mar al fondo no es solo horizonte; es promesa, riesgo y memoria. La figura del caballo, firme, paciente, silenciosa, sostiene el peso del viaje, mientras los hombres, atentos y concentrados, encarnan el gesto humano de prepararse para lo desconocido. No hay dramatismo explícito, pero sí una tensión contenida: la certeza de que todo viaje transforma, incluso antes de comenzar.
Jorge Posada construye aquí una narrativa profundamente simbólica. Como arquitecto y artista, entiende el espacio como relato y la escena como estructura emocional. El interior que habitamos se convierte en antesala del mundo; la ventana, en metáfora del tránsito; el viaje, en acto vital. Viaje no representa un lugar específico, sino una condición humana: esa necesidad persistente de avanzar, de cargar lo esencial y mirar hacia adelante, aun sin saber con certeza qué espera al otro lado
